LAS SEGUNDAS OPORTUNIDADES 

«No hemos pescado nada». Los sucesos de la noche habían sido rítmicos: Red lanzada a gran altura hasta extenderse contra el cielo. Esperar. Dejar que se hunda. Halarla hacia el bote. Repetir la operación. Lanzar. Halar. Lanzar. Halar. Lanzar. Halar. Cada vez que la lanzaba hacía una oración. Pero cada vez que halaba, la red regresaba sin respuesta. Hasta la red suspiraba cuando los hombres la sacaban y se preparaban para volver a lanzarla. Durante doce horas habían pescado. Y ahora… ¿Ahora Jesús desea pescar un poco más? ¿Y no a poca distancia de la costa, sino en lo profundo? 

Pedro ve que sus amigos se encogen de hombros. Mira a las personas que están en la playa observándolo. No sabe qué hacer. Es posible que Jesús sepa mucho de muchas cosas, pero Pedro conoce la pesca. Pedro sabe cuándo trabajar y cuándo dejar de hacerlo. Sabe que hay un tiempo para entrar y un tiempo para salir. 

El sentido común le decía que era la hora de salir. La lógica le decía que no siguiera perdiendo el tiempo y se fuera a su casa. La experiencia le decía que lo guardara todo y que se fuera a descansar. Pero Jesús le dijo: «Pode- mos volver a intentar si lo deseas». 

El viaje más difícil es el de regreso a un sitio donde has fracasado. 

Jesús sabía eso. Es por esa razón que se ofrece para acompañarlos. «La primera salida fue a solas; esta vez estaré con ustedes. Vuelvan a intentarlo, esta vez conmigo a bordo». 

Y Pedro sin deseos acepta volver a hacer el intento. «Pero, porque lo dices tú, echaré las redes» ( Lucas 5.5 NVI). No tenía ningún sentido, pero había estado con este nazareno el tiempo suficiente para saber que su presencia producía cambios. ¿Esa boda en Caná? ¿Ese niño enfermo de un miembro de la realeza? Era como si Jesús llevara sus propias cartas a la mesa de juego. 

De modo que los remos vuelven a hundirse y sale la barca. Bajan el ancla y vuelven a volar las redes. Pedro observa mientras se hunde la red y espera. Espera hasta que la red se extienda hasta el límite permitido por su soga. Los pescadores están callados. Pedro está callado. Jesús está callado. Repentinamente la soga da un tirón. La red, llena de peces, casi tira a Pedro por la borda. 

«¡Juan, Jacobo!» grita él. «¡Vengan rápido!» 

En poco tiempo las barcas están tan llenas de pescados que el borde de las mismas queda casi a ras de la su- perficie del agua. Pedro, hundido hasta los tobillos entre los plateados peces, se voltea para mirar a Jesús y se da cuenta de que Él lo está mirando. 

En ese momento descubre quién es Jesús. 

¡Qué lugar extraño para encontrarse con Dios: Un bote de pesca en un pequeño mar de un país remoto! Pero así procede el Dios que viene a nuestro mundo. Tal es el encuentro experimentado por aquellos que están dispuestos a volver a intentarlo con Él. 

La vida de Pedro nunca volvió a ser la misma después de esa pesca. Él le había dado la espalda al mar para seguir al Mesías. Había abandonado los botes pensando que jamás regresaría. Pero ahora ha regresado. Ha completado el círculo. El mismo mar. El mismo bote. Tal vez hasta en el mismo sitio. 

Pero este Pedro no es el mismo. Tres años de vivir con el Mesías lo han cambiado. Ha visto demasiado. Muchos paralíticos caminando, tumbas vacías, demasiadas horas escuchando sus palabras. No es el mismo Pedro. Es la 

misma Galilea, pero es un pescador distinto. 

¿Por qué regresó? ¿Qué cosa lo trajo de regreso a Galilea después de la crucifixión? ¿La desesperación? 

Algunos piensan que sí, yo no. La esperanza no se muere tan fácilmente para un hombre que ha conocido a Jesús. Pienso que eso es lo que le sucede a Pedro. Eso es lo que lo ha hecho regresar. La esperanza. Una rara sensación 

de que sobre ese mar donde primero lo conoció, volvería a conocerlo. 

De modo que Pedro está en la barca. Nuevamente ha pescado toda la noche. Una vez más el mar no ha produ- cido nada. 

Sus pensamientos son interrumpidos por un grito desde la costa. «¿Han pescado algo?» Pedro y Juan levantan la vista. Probablemente se trate de algún habitante del pueblo. «¡No!» gritan ellos. «¡Prueben del otro lado!», les 

vuelve a gritar la voz. Juan mira a Pedro. ¿Qué daño puede hacer? De manera que nuevamente sale volando la red. 

Pedro envuelve su muñeca con la soga para esperar. 

Pero no hay espera. La soga se pone tirante y la red tensa. Pedro apoya su peso contra el costado de la barca y comienza a halar la red; extiende su mano hacia abajo, hala hacia arriba, la extiende hacia abajo, hala hacia arriba. Está tan inmerso en la tarea que se le escapa el mensaje. 

A Juan no. El momento le resulta conocido. Esto ha sucedido anteriormente. La larga noche. La red vacía. El llamado a lanzar nuevamente la red. Los peces agitándose dentro de la barca. ¡Un momento! Levanta su vista para mirar al hombre en la costa. «¡Es Él!», susurra……Luego levanta más la voz: «Es Jesús». 

Después a voz en cuello: «Es el Señor, Pedro. ¡Es el Señor!» 

Pedro se vira y mira. Jesús ha venido. No sólo Jesús el Maestro, sino Jesús el vencedor de la muerte, Jesús el Rey. Jesús el vencedor de las tinieblas. Jesús el Dios del cielo y de la tierra está en la playa. Y está preparando un fuego. Pedro se zambulle en el mar, nada hasta la costa y sale tropezando, mojado, tiritando y se para delante del amigo traicionado. Jesús ha preparado unas brasas. Ambos piensan en la última vez que Pedro se paró cerca de una  fogata. Pedro le había fallado a Dios, pero Dios había venido a él. 

Por una de las pocas veces en su vida, Pedro está en silencio. ¿Qué pudiera decir que fuera suficiente? El momento es demasiado sagrado para las palabras. Dios le está ofreciendo desayuno al amigo que lo traicionó. Y 

Pedro, una vez más, encuentra gracia en Galilea. 

¿Qué se puede decir en un momento como este?….¿Qué diría usted en un momento así? 

Están solos usted y Dios. Ambos saben lo que usted hizo…entonces ¿Qué debe hacer? 

El Señor ha vuelto… Le invita a volver a intentarlo… no hay reproches, no hay cuestionamientos, tal vez porque 

Jesús sabe que es mejor olvidar lo que queda atrás y avanzar en la vida ….Es el Jesús que nuevamente se para en la orilla de tu vida privada… en la orilla de la decisión… hasta hoy tal vez las cosas no salieron del todo bien, las cosas se han complicado demasiado, peo Jesús se para en la orilla para volverte a decir que tú no estás solo…. porque es el Jesús que te anima a volver a creer, a volver a levantarte, a volver a intentarlo Porque Es el Jesús de las segundas oportunidades… para que vuelvas nuevamente a tomarte de su mano… aférrate y vuelve a levantarte !!! 

Max Lucado..Todavía remueve piedras